Proyecto Adopta una milpa

Lorena Ancona

Fotografías de Angélica Palma

Resembrando la milpa con Calpulli Tecalco

Un día de trabajo en el campo requiere de fuerza y mucho conocimiento, es un compromiso que va de la mano del sol.

Tuve un acercamiento a esta idea en una actividad de la organización Calpulli Tecalco “Adopta una milpa” para acercar a la experiencia de trabajar la tierra, que puede ser una forma de resistencia a cualquier tipo de despojo; de la naturaleza, del auto consumo y la calidad de los alimentos, o del despojo de un territorio sano.

No imagino forma de entender este trabajo sin poner las manos en la tierra y observar cómo se ara la tierra para la milpa (ese día la ayuda fue de un caballo) la forma de sembrar cada semilla, en cada decisión hay una relación muy especial con cada elemento que se involucra . Parece una entrega profunda la que hay que dar para recibir los frutos, pero es increíble el conocimiento que guarda y devuelve.

Me parece una labor básica para entender nuestra historia y una acción necesaria para devolverle la integridad a un territorio que ha sido abusado. Parece imposible defender lo que no se conoce y sólo a través del trabajo toma sentido el conocimiento.

Gracias por compartir la milpa,
Lorena Ancona

 

 

Belen Moro

 

Fotografias de Eliana zaghis, Abdel Cuauhtli, Angélica Palma

La vivencia de la tierra con Calpulli Tecalco

La comunidad de la casa de piedra, de acuerdo con la traducción del náhuatl al español, es el nombre de la organización coordinada por miembros de la familia Rodríguez Palma, desde hace casi 20 años en San Pedro Atocpan, al sur de la Ciudad de México. La labor y el compromiso social se inició con el impulso de Doña Carmen Rodríguez por cobijar en su casa el libro club Fernando Benítez In Cualli Ohtli. Además de la lectura, Doña Carmen promueve el aprendizaje del náhuatl y de la historia local de la región de Malachtepec Momoxco o Milpa Alta, como se conoce tras el violento ataque a los pueblos originarios de México. La conquista y los sucesivos procesos de colonización y colonialidad cultural que continúan hasta ahora, han insistido poderosamente y por medio de distintas fuerzas en desmantelar los modos de vida, la cohesión, integridad y dignidad de los pueblos indígenas de todo el continente americano. Con especial ahínco, las ambiciones capitalistas y neoliberales han calado hondo en las comunidades de la cuenca de Anáhuac, territorio diverso y poblado por grupos de diferentes procedencias.

Mi acercamiento a la organización civil Calpulli Tecalco comenzó durante los estudios de maestría en Política social en el Instituto de Estudios Sociales de la universidad de Erasmus de Rotterdam, en La Haya, Holanda, en 2015. Previamente Víctor Muñoz, artista y gestor mexicano, me había presentado el trabajo de la asociación con la cual colabora y asesora, despertando una curiosidad que pude explorar primero desde el ámbito académico. Durante mi trabajo de campo para la investigación de mi tesis, entrevisté a Angélica Palma y Héctor Celedón, miembros fundacionales de Calpulli. También conocí a Doña Carmen, quien representa un “recurso desde el punto de vista cultural y espiritual; representa el trabajo a nivel de comunidad. Doña Carmen es ese pegamento. Te remite al tequio. Le da la dirección”, como dijo Héctor en nuestro primer encuentro. Unos meses antes de mi visita de campo había escrito un ensayo sobre el tequio, concepto mexica que significa trabajo cooperativo. Las tareas de labor social y urbana en las sociedades pre hispánicas estaban agendadas en los calendarios y todos los miembros de la comunidad tenían el deber público de atenderlas para el bien común. Ser parte del tequio era formar parte del pilar de la comunidad y contribuir al bienestar colectivo por medio de una acción solidaria.

Mis estudios en el extranjero estuvieron apoyados por la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos) y por una beca de FONCA y CONACYT (Fondo Nacional para las Artes y la Cultura y Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología). El FONCA tiene un programa de retribución social que busca generar un vínculo directo entre los beneficiarios de los estímulos que promueve y la sociedad. En cumplimiento de mis actividades de retribución social -que pueden ser entendidas como una manera de hacer tequio en el marco de las políticas culturales actuales- me acerqué de manera más empírica y vivencial a la organización Calpulli Tecalco.

La colaboración y asesorías brindadas fueron compensadas por un invaluable aprendizaje y acercamiento a la tierra de San Pedro Atocpan. Durante la estancia, visitas de trabajo, convivios y tareas en torno al proyecto ‘Adopta una milpa’ de Calpulli Tecalco, comprendí desde otra dimensión el trabajo y la misión que persistentemente desarrolla esta organización: la resistencia al avasallamiento urbano, la defensa del medio ambiente y de las formas locales de autoabastecimiento alimentario y sobre todo la recuperación de conocimientos y saberes ancestrales. Accionando desde el ejercicio de recuperar terrenos familiares, los hermanos Angélica, Fernando y Esaú Palma Rodríguez y los campesinos vecinos Don Jaime y Don Julián, me recordaron el amor y respeto por la tierra que traigo en la memoria de mi familia. Me enseñaron también la presencia y esencia del valor histórico de los pueblos que, en las diversas geografías del planeta que habitamos, crearon la agricultura como arte primigenio y vital.

Entendí por fin, desde la vivencia y el contacto con el suelo y con los habitantes originarios de Malacachtepec Momoxco, que la energía creadora y el poder cultural de transformar el territorio en hogar y sustento de vida es el principio más básico y fundamental del arte en su más amplio sentido. El acercamiento a Calpulli Tecalco ha fortalecido y creado nuevos vínculos y amistades, que son los frutos más valiosos del estar y andar por el mundo. El título de mi tesis de maestría, ‘La escultura social como motor para la cohesión social’, es una acción que se está sembrando y cosechando en el trabajo continúo de la comunidad de la casa de piedra.

 

María Belén Moro

Ciudad de México

13 de junio de 2017

Isela Xospa

 

Fotografias de Isela Xospa

Tuve la oportunidad de participar en el primer día de actividades del programa Adopta una milpa organizado por Calpulli Tecalco A.C. El programa consiste en acercar a las comunidades artísticas,  científicas y todas aquellas interesadas en   aprender los procesos de cultivo de una milpa tradicional, desde el reconocimiento del terreno, el barbecho, abono, cultivo, cuidados, tratamientos hasta la cosecha misma.

A Calpulli Tecalco le interesa que las personas que hablan y defienden al campo y al maíz mexicano puedan también vivir la experiencia de sembrar la tierra y adentrarse un poco en la visión de los campesinos del sur de la CDMX.  Una cosa es saber la importancia de la soberanía alimenticia propiciada por el trabajo de los campesinos y otra muy distinta es experimentar junto con ellos el ciclo de siembra y cultivo, escucharles hablar de las semillas, de lo importante que es entender la tierra, cuidarla y no abandonarla.

En el primer día de actividades nos reunimos con el señor Jaime Vega  un campesino de San Pedro Atocpan y quien es parte del proyecto Adopta una Milpa, llegamos a un terreno que llevaba muchos años sin sembrar y que estaba abandonado, para prepararlo para la siembra. Jaime  preocupado por el abandono del campo, nos comenta que le preocupa que los campos de cultivo se estén llenando de casas y basura,  él sabe y entiende la importancia de sembrar tu propio alimento, de mantener al campo vivo y activo.  -Te hace libre! – dice con certeza. También nos habla del  papel que juega Milpa Alta como fuente de alimento, agua y aire puro. Al final de la jornada entre pláticas y planes almorzamos un buen plato de garbanzos con nopales y un pedazo de chicharrón que Doña Carmen nos mandó.

La experiencia me recordó que cuando era niña toda mi familia y yo subíamos  al campo a almorzar los domingos, mi mamá llevaba su bracero, sopes y salsa, ir al campo, quitábamos la hierba, se cortaba nopal, se picaba o se cosechaban calabazas y frijol, pero poco a poco nos desconectamos de él y hasta parece que se nos hizo creer que el campo sirve para construir casas y hacer lotes, dejar que se hagan colonias desordenadas, basura, drenajes y descomposición social. Estos parecieran ser los anhelos del habitante moderno de Milpa Alta.

 Pasar un día con un campesino y escucharle hablar con tanto gusto y entusiasmo de la siembra de las semillas de lo penoso que es ver casas y basura en dónde alguna vez hubieron maizales, me ha hecho reconsiderar y hasta soñar en sembrar en un terrenito, maíz, calabaza, haba y frijol para comer sano y fresco, tenemos tierra todavía y no sabemos qué hacer con ella, no entendemos lo importante que es protegerla, cuidarla y no dejar que se llene de lotes, casas, cascajo, basura y caos.

Isela Xospa